Quiero compartir un artículo que salió en el nro. 97 de la Surfer Rule del '05. Lo escribió Pancho Cubría y dice así:
"Todos hemos tenido una de esas crisis en las que divides el nro. de kmts. de coche entre las olas de una sesión, le restas las horas gastadas, multiplicas el saldo negativo por las cosas que has dejado de hacer y te preguntas que sentido tiene, si merece la pena. Para compensar, de vez en cuando llega uno de esos días que te sirven para recordarlos mucho tiempo y decir, pensar, sentir: joder, vaya si merece la pena. Las dudas se disipan, y sientes que vuelves a nacer.
Era la mañana gris de un día de la última semana santa. Me desperté tarde para notar los 1eros efectos de una gripe inminente, cabeza embotada, oídos zumbantes, articulaciones doloridas. LLovía, se había metido viento de la mar y la pleamar ya había pasado. Como puede suponerse, hice lo que se suele hacer en estos casos, es decir, comerme un plátano, tomarme una aspirina y arrastrarme hasta la furgoneta con la intensión de poder surfar un poco antes de caer realmente enfermo.
Las curvas de la carretera de Liencres me daban bandazos dentro de los ojos y el limpiaparabrisas me sorprendía cada vez. Es una mierda la gripe.
Desde el aparcamiento, el panorama estaba compuesto de una mar de fondo bastante mezclada de algo más de un metro, viento onshore moderado y la marea un poco demasiado baja. En la arena animosos turistas aprovechaban el mal tiempo reinante..
Asi que que hice lo que se supone que hace uno en estos casos, o sea, enfundarme el 4/3, los escarpines, dar parafina a la tabla y tirar para el agua con los ojos fijos en las olas, que es la única manera de enterarse si por un casual se hace el milagro y rompe una ola decente que le aporte al baño un poco de esperanza.
En vez de eso, lo que ví fue una cabeza. Alguien flotaba allá afuera , en medio de una corriente de esas del Cantábrico cuando la marea baja. Alguien había querido celebrar la semana santa dándose un baño y se hallaba sumido en un calvario.
Junto a las rocas ví a un chico que se quitaba la ropa a toda velocidad, con el gesto crispado y la mirada fij en el mar. Algo hizo clic y los síntomas de la gripe desaparecieron, qué bendición la adrenalina. Aquella cabecita lejana no tenía ni tabla ni corcho, ni le quedaban fuerzas para dar una sola brazada: joder, se le estaba llevando la corriente, se le estaban acabando las pilas y no había nadie más en el horizonte.
Le hice una señal al chaval de los calzoncillos para que se estuviese quietecito en tierra firme y me tiré al agua remando con todas mis fuerzas. El deshielo se hacía notar a cada cuchara en toda la cabeza, pero mi única preocupación era llegar, llegar antes de que aquella persona se diera por vencida, cosa que me parecía cada vez más probable, a juzgar por su penoso chapotear, apenas suficiente para mantenerse a flote. Y para colmo venía una serie.
Desde una distancia suficiente para distinguir su gesto pude ver cómo le caían encima varias olas seguidas: era una chica, llevaba un neopreno y además de agotada estaba acojonada. El mar parece mucho más grande cuando estás desamparado, y los minutos más largos. Yo sentía que se palpaba la muerte, seguramente ella también, pero milagrosamente consiguió salir a flote después de cada espuma, y yo llegar a tiempo para agarrarla justo en el momento que una nueva ola descargaba sin piedad todo su peso.
Se portó muy bien, me hizo caso en todo. No se puso histérica, y sacó fuerzas de la flaqueza para colaborar. Dejó que la agarrase sin agarrarme; hasta para dejarse salvar hay que tener templanza. La subí sobre mi tabla y me coloqué detrás de ella. Gracias a las generosas hechuras de mi Wayne Lynch no me costó demasiado remar hasta apartarme de la corriente y llegar donde las olas nos ayudasen a salir.
Media docena de barridas después la dejé en la orilla. Posiblemente lloraba, pero con tanta agua alrededor ni se notaba. Le pregunté si estaba bien y asintió. El chico de los calzoncillos ya vestido la esperaba en la arena.
En mis ventimuchos años de surfing, como casi todo el mundo, he realizado algunos salvamentos, a solas o acompañado, pero nunca lo tuve tan claro como en esta ocación: se hubieran ahogado los dos. El agua estaba demasiado fría, la corriente demasiado fuerte, y el lugar, a pesar del numeroso público, completamente solitario en lo que a ayuda se refiere. A él sin traje la hipotermia no le hubiera dejado llegar ni a despedirse. A ella le quedaba poco cuando yo la alcancé. No le pregunté su nombre, pero me hubiera gustado saber cómo se llamaba aquella chica que esa mañana volvió a nacer.
Creo que regresé al pico y quizá cogí alguna ola. Un baño para recordarlo mucho tiempo y decir, pensar, sentir: joder, merece la pena ser un puto surfer chiflado. Vaya que sí."Valoración:
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