PRIMER IDA A FLORIPA - Andres Curbelo
Esta materia foi escrita pelo Andrés Curbelo. O texto trata de seu inicio no surf e suas experiências em Florianópolis. Um grande Paipero e um grande texto. Mauro.
PRIMER IDA A FLORIPA
Todo era más que claro esa tarde de noviembre en los corrales de Santa Lucía del este. Ni siquiera necesitaba intentar explicarlo. Aquellas palabras que en su momento no significaban nada, entonces eran una verdad absoluta. Me sentía bien sentado sobre el tablón, y el movimiento del mar me mantenía sereno como aquel marcito sin viento y totalmente acomodado. Todo encajaba a la perfección; el sol, la marea, el banco, el viento y yo, que sin entenderlo vibraba en completa sintonía, pero siendo a la vez muy conciente de ello.
No salía de mi asombro cuando la señora me explicaba que Florianópolis es una isla. Tiene unas 50 playas -me contaba-. Conozco la gran mayoría y algunas son bellísimas -me decía mientras le agregaba paprica a mi imaginación-. Los miles de carteles al costado de la rodovía avisaban al viajero que la borrachería estaba cerca. ¡Qué manga de borrachos estos brasileros! pensaba mientras escuchaba. ¡Un boliche cada kilómetro y la ruta está desierta! Sentado en el último asiento de un ómnibus aprendí sobre geografía, fauna autóctona, historia, seguridad en las rutas, portugués y lo bruto que se puede llegar a ser.
Había sacado el pasaje de ida dos días antes en la terminal Tres Cruces, pensando cómo haría para mantener la calma en un ómnibus que suponía no sería más cómodo que un interdepartamental. Lo había decidido mientras miraba la tabla apoyada contra la pared y mi hermana me contaba vía telefónica lo conveniente del cambio de moneda en ese momento, la comida, el color del agua y los cerros apretados contra el mar. En mi inconciente jugaba con la idea de que ese iba a ser un lugar mágico para mí, un lugar donde descubriría mi talento natural para cabalgar olas, viviría barato y seguramente conseguiría alguna garota.
La única verdad era que había comprado la tabla un par de meses atrás y un buen amigo me tiró los piques básicos que no entendí en ese momento y que tampoco pude poner en práctica en el verano de la costa de oro. Había empezado a surfar el día que vi a este surfer en una ola de aproximadamente metro y medio corriendo sobre las piedras. En realidad había empezado en mi infancia, mientras veía gente surfando en la tele o en la playa. La tabla envuelta en un acolchado y atada con pulpos a modo de bolso, un par de calzones, la malla de la piscina, dos camisetas y una bermuda en la mochila. Pantalón, camiseta y championes puestos. Los pelos creciendo cada vez más. Así esperaba el ómnibus media hora antes de su partida en la Terminal Tres Cruces. Los documentos y el dinero en la riñonera y un volante con la dirección de la posada Verde Amarello en algún lugar llamado Barra da Lagoa.
Con la misma ropa puesta y ya en el ómnibus de camino a las playas del centro, la pareja me contaba que vivían en Grecia hacía 8 años, pero ella había quedado embarazada y decidieron volverse a Argentina para criar a su hijo con el resto de su familia. Grecia es un paraíso -me decían-, lástima que nos vayamos ahora que estamos aprendiendo el idioma. Me habían escuchado hablar con el vendedor de choclos y se acercaron para compartir sus escasos conocimientos de la isla conmigo. Yo no sabía nada, ellos sabían poco. Estaban de paso por un mes para visitar unos amigos que vivían en una camioneta y que los estaría esperando en la zona habitada de Lagoa da Concepçao.
Mientras me hablaban de sus viajes por las islas griegas el ómnibus salió del centro para recorrer el camino que lleva a praia Mole, pero antes debió subir a escasa velocidad un morro por un camino serpenteante. Sentado en el último asiento junto a la pareja, quedé impresionado cuando llegamos a la cima. La vista de la laguna justo a la hora en que el sol ilumina mejor el agua fue algo que jamás había imaginado. El degradé de colores que iban desde el celeste claro al turquesa profundo permitían adivinar la profundidad en las distintas zonas de esta maravilla. La laguna limitada por los morros y su mata atlántica que llegaba hasta el agua, los paredones de piedra y un cielo totalmente despejado, representaron la visual de bienvenida que nunca me voy a olvidar; sin dudas, lo más cerca que llegué del paraíso.
El ómnibus salía de la Terminal tres cruces y atrás quedaba la ruta, una novia, la familia, amigos, el pasado y cierta seguridad brindada por lo conocido. Adelante se habría un camino de incertidumbre y descubrimiento ya desde antes de la partida. Nunca me perdí antes, menos lo voy a hacer ahora, me decía mientras repasaba un mapita de las rutas de Río Grande do Sur que me dieron en la empresa antes de salir. Pero la verdad es que no tenía idea de lo que estaba pasando, y nunca hubiera imaginado todo lo que me iba a pasar en unos días.
Una guía de turismo animaba el viaje de todos los pasajeros aunque no todos teníamos el paquete de paseos con guía por 10 días. De garrón nos divertíamos con los chistes de la simpática señorita. Ya por las rutas de Rocha queríamos tirarla por la ventana y disfrutar un poco del silencio del alma que el paisaje rochense genera. De todos modos la simpática señorita siguió animando la fiesta, y cuando ya todos sus clientes se habían dormido tuve el privilegio de recibir charla, raciones extra de comida, bebida y mantas de su generosa mano.
¿Qué es lo primero que hace una persona al llegar a un lugar turístico desconocido? Lo más lógico sería buscar una cabina de informes. Primer gran error. La señora, lejos de igualar la simpatía de la guía del ómnibus no se molestó en hablar español o al menos portuñol. Su portugués cerrado me hizo entender que lo mejor sería aceptarle los mapas que me ofrecía y darle las gracias para poder marcharme. Diez metros más cerca de la puerta de salida me crucé con un par de flacos desgarbados, de pelos quemados por el sol y con tablas bajo el brazo. Arremeto contra ellos con una serie de preguntas y gustosos se disponen a hablarme de la isla y sus maravillosas olas. Al parecer este par de argentinos habían pasado un mes en Ubatuba y bajaron al sur a conocer la isla maravillosa. Su consejo fue ir a una playa en el norte que según su experiencia tenía altas olas, tubulares, con tamaño y de un agua azul claro. Llegué al paraíso, pensé. La playa se llamaba Lagoinha y sería el sitio donde cumplir mis sueños según estos dos personajes. Por suerte el destino me llevó por otro camino y nunca llegué a esa playa, que poco tiempo después me enteré que casi nunca presenta condiciones para la práctica del surf.
Esa noche no dormí. La ansiedad no me permitía conciliar el sueño. Una sensación de que algo iba a pasar me invadía y yo no podía hacer nada para evitarlo. Algo que aun me pasa cuando se que al día siguiente voy a surfar un buen mar. Es la imposibilidad de dejar mi mente en blanco, imaginar los mejores días de olas en el pico que creo que voy a visitar y toda la adrenalina que esos recuerdos generan.
Me desperté con el sol saliendo y mi compañera de asiento roncando. El alba nos enseñó el paisaje de la brodovía 101 a la altura de Lagoa, localidad declarada patrimonio histórico de la humanidad por la UNESCO. Laguna de las almas le llaman, por las luces de los barquitos de pescadores que se mueven en busca de sus redes camaroneras. El barrio histórico con sus casas de tejas anaranjadas en la falda del cerro al borde de la laguna denunciaba su antigüedad. Unos kilómetros más adelante pude ver a mano izquierda una especie de cueva natural en el acantilado de un pequeño morro con indios viviendo en su interior. En mi interior algo comenzaba a gestarse, pero faltaría mucho para que brotara a la superficie.
A mano derecha, varios kilómetros más adelante, se veían enormes dunas de arena que invitaban a imaginarme deslizando sobre un sandboard en esos morros desconocidos. La terrible 101 que no terminaba y el vehículo que no paraba de devorar pavimento. Mi compañera de asiento, maestra de profesión y primer maestra de mi viaje me tranquilizaba explicándome que ya faltaba poco. La punta do naufragados, el extremo sur de la isla que comenzaba a divisarse, tan cercana al continente y tan larga y alta, llena de morros con niebla, el agua azul y serena como un lago. Morros y más morros, la mata atlántica a la que ya me estaba acostumbrando y las plantaciones de banana conformaban el paisaje visual en ese momento.
Tuve el privilegio de llegar a cruzar el puente Hersilio Luz. Puente que unía el continente y la isla y que quedaría fuera de uso unos años más tarde. Llegada a la rodoviaria Rita María y descenso del ómnibus. Mochila, riñonera y tabla. Despedida de mi compañera de asiento y de la simpática guía que me había conseguido doble ración para el desayuno. ¡Gracias!
En principio, lo que más me llamó la atención de Roger fue que fuera instructor de surf. Casi un maestro del surf, pues daba clases tanto a iniciantes como a personas que realmente andaban muy bien. Pero yo nunca había escuchado de instructores de surf. Si no hubiera visto como se divertían sus alumnos de todas las edades y como aprendían y disfrutaban con cada ola tomada, hubiera pensado que el individuo en cuestión era un jodedor que había aprendido una buena forma de sacarle el dinero a la gente. Más tarde me enteré que las madres mandaban a sus hijos a las escuelitas de surf para estar seguras que no andaban en drogas y que no se iban a ahogar en el océano.
En el surfshop que queda cerca del puente de la estrada a la barra me contaron que este instructor había sabido competir y conseguir muy buenos resultados, pero quien sabe porqué había dejado la competencia y se dedicó a la docencia. También me quisieron vender un leash usado que por dentro tenía cables de acero trenzado. Es para correr olas grandes –me decía el propietario- mientras me mostraba sus fotos de Perú bajando Pico Alto bien grande. El leash quedó para otra oportunidad, pero el 9.1 que estaba en la vitrina se fue bajo mi brazo.
El primer contraste con mi imaginación llegó en la primera cuadra recorrida al salir de la Terminal. Para llegar a otra Terminal pero de ómnibus internos, había que cruzar una avenida muy ancha por encima de un puente. Sobre éste, una serie de personas con malformaciones que nunca hubiera imaginado pedían limosna a los transeúntes que no despegaban la mirada del piso; no por evitar ver a los mendigos, sino porque sus pensamientos estaban más allá del momento que estaban viviendo. Así crucé centenares de individuos pensando que nada le envidiaba Montevideo a esa ciudad. Eso hasta cruzarme con la primera pareja de lesbianas caminando por la calle con toda la normalidad propia de quien tiene bien asumidos sus deseos. Definitivamente, Florianópolis presentaba sus curiosidades.
Llegado a la Terminal de ómnibus internos me encuentro con una nueva sorpresa. ¡Son 3 terminales! Unos van al sur, otros al centro y otros al norte, pero ninguno circunvalaba la isla como para esperar a encontrar un cartel con el nombre Barra da Lagoa y tirarme de un salto. Me encuentro con un vendedor de choclos y le compro uno. Mientras me hago amigo y le pido información descubro que nunca había probado un choclo como ese. Dos choclos después, un par de empanadas de camarón con queso y un jugo de Ananá, termino de entender que a pesar de haber nacido en la ciudad, el buen señor no conocía mucho más que yo de la isla y me voy a buscar nuevos informantes.
La pareja greco-argentina se despidió cuando vieron a sus amigos esperándoles en una parada junto a la laguna. El ómnibus siguió su camino y tras subir y bajar un par de cerros con vista a Joaquina y mole llegamos a la estrada da barra. Cuando pasamos el puentecito y aparecieron los barcos de pescadores me di cuenta que debíamos estar llegando a algún lugar, y el canal que hace las veces de desembocadura me informó que había llegado. Me bajé enseguida y empecé a caminar junto al canal. Hacía rato que leía carteles en los frentes de las casas con la leyenda “Alugase”, pero no tenía idea de lo que significaba. Por lógica y descarte concluí que la tan repetida palabra significaba algo así como “cuidado con el perro” o “manténgase alejado”. Claro que mis conclusiones no ayudaron mucho a mi búsqueda de techo en la isla, pero con el folleto de la posada, su dirección y teléfono seguro que estaría salvado. Compré una tarjeta telefónica que me pareció excesivamente cara y marqué el número indicado. La voz al otro lado del intercomunicador se encargó de terminar de demostrarme que yo que no tenía ni la más pálida idea de portugués, y que si quería llegar a algún sitio iba a necesitar ayuda.
Caminando llegué a la playa junto a la desembocadura de la laguna y preguntando terminé en un local donde alquilaban bungalow a un precio increíblemente barato para la realidad uruguaya de ese momento. Salgo por la parte de atrás y me encuentro con la mejor vista y otra sorpresa. El fondo del lugar daba a la playa. Más exactamente a la arena de la playa, a unos treinta metros del mar, con vista a los morros y un “olón” increíble para mi en ese momento. En el agua solo dos mujeres. Una en tabla dibujando lindas líneas y otra haciendo bodysurf. Un paquete de galletitas después estaba desenfundando la tabla del acolchado y poniéndole el leash en la arena. Sin ningún preámbulo ni observación del mar me mandé para el agua. Si estas minas hacen lo que hacen así como así, esto va a ser una papita, pensé muchas veces antes de lograr llegar al pico.
Todo aquel que conozca la barra da lagoa sabe que no es un pico que soporte mucho tamaño. Más bien que no soporta tamaño, salvo en ocasiones de días storm, donde generalmente se vuelve uno de los pocos picos surfables de la isla. Este día no estaba muy grande, pero si llegaba al metro y cerrando toda la bahía con un rompecoco de color transparente. Algunas abrían un poco, y eran las que las minas descocían. Cuando el aprendizaje se da de forma gradual, uno tiene tiempo para asimilar las cosas, y esto no representa una caída radical de las creencias.
El primer revolcón fue tremendo, y cuando el labio de la ola me daba en la espalda se me escapaba la tabla sin parafina y a mi me llevaba dando vueltas hasta el fondo. No llegaba a pasar la primera de la serie, y el tubo iba a caer sobre la tabla. La pobre ya había pasado muchas penas en mis manos, y ninguna dentro del agua. No podía dejarla a merced de la ola y que fuera lo que fuera… mejor poner la espalda para protegerla… Se hacen muchas cosas indebidas por ignorancia. En fin… Fue una serie larga y mi primer revolcón en aguas brasileras. Media hora más tarde y después de observar a estas muchachas dándole de bomba a la olita volví a decidir que si dos minas lo hacían tan bien yo tenía que hacerlo espectacular.
Me acerqué a las garotas, remé una ola que me llevó, pero la tabla sin parafina se me fue para atrás y yo para adelante con el labio. De nuevo contra el banco y el tiovivo que volvía a empezar. Digamos que a escasos tres metros de las muchachas, las risas y comentarios sobre mi caída eran muy evidentes cuando saqué la cabeza a respirar. Primer gran lección que venía acompañado con un cachetazo de esos que te mueven el cerebro. Ahí decidí salir a meditar acerca de la humildad, respirar, comer y pensar en comprarme parafina y un traje, pues floripa en primavera no me resultó tan caliente como esperaba.
Mirando desde la orilla mientras calentaba el lomo, vi llegar a un montón de gurises y veteranos todos juntos con sus tablas y trajes. Roger resultó ser un muy buen instructor de surf, y el ver que todos sus alumnos le respetaban profundamente me dio confianza para acercarme a hablar con él. Había llegado con unas diez tablas y trajes. Atrás venía una horda de niños, adolescentes y veteranos. Cuando la clase terminó me arrimé a preguntarle algunos piques para pararme. Quedamos en que a la tarde nos encontrábamos para la primer lección, que en realidad sería la segunda, porque la de la humildad ya la estaba aprendiendo desde que salí de Tres Cruces.
Esa tarde aprendí a pararme y a recorrer algunos metros de la desnutrida pared que puede mostrar la derecha junto a las moles de la barra, como elegir un traje y me enganché para comprar mi primer tablón.
El día siguiente compré mi primer 3´2 “titanium” y mi primer tablón, un 9.1 de un quillón y dos estabilizadores, con colores radicales por lo psicodélico pero muy clásico en su andar.
Así transcurrieron los días en floripa, entre paseos, surfaditas, empezar a adentrarme en la cultura surfera y conocer mucha gente diferente. Desde merrequeros a tipos que se iban a Perú por toda la temporada de invierno a tirarse en Pico Alto. Desde adictos a las drogas hasta budistas que tomaban el surf como forma de liberar el alma. Desde la bondad que otorga la vida pueblerina de los distintos balnearios a la tremenda pérdida de identidad que sufren los indios en las grandes ciudades. Fue un tiempo de aprendizajes, muchos de los cuales no tomé conciencia hasta muy pasado el tiempo.
Pero lo increíble de esta historia es que el bicho del surf no me picó realmente hasta que una vez devuelto al paisito llegué hasta los corrales de Santa Lucía del Este una tarde perfecta en la que todos los factores confluyeron, y me encontré recordando las palabras de Roger mientras remaba una izquierdita de medio metro que de tan buena que fue me llevó desde las piedras hasta la playa sin dejar que me cayera.
“Nuestras moléculas tienen un ritmo de vibración especial que determina nuestros estados de ánimo. Pero cuando estamos en el mar, todas nuestras moléculas vibran de la misma forma que lo hace el agua.”
Y nunca más se me olvidó...
Andrés Curbelo
Fotos :
1 - Moçambique.
2 - Mole.
3 - Joaquina.
4 - Barra da Lagoa.
5 - Santinho.
6 - Armação.
7 - Matadeiro.
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